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Actualizada 23 de Mayo 2008  








Pastorales:






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HÉCTOR GALLEGO, DESPERTANDO LA FUERZA DE LA COMUNIDAD

¡Héctor nació el 7 de enero de 1938 como el mayor de 11 hermanos. Sus padres, Horacio y Alejandrina, eran campesinos en Monte Bello, departamento colombiano de Antioquia. Un amigo de la familia dio las primeras lecciones a Héctor y sus hermanos. Al partir éste, el padre de Héctor decidió matricularle en la escuela rural de Liberia, una comunidad bastante distante. Debido a las fuertes lluvias la caminata todos los días se hacía muy difícil, por lo cual su padre quería retirarle de la escuela y llevarle a la finca a trabajar. Sin embargo Héctor insistió continuar sus estudios. En Jericó consiguió el bachillerato, luego en Santa Rosa los años de filosofía y finalmente pasó al Seminario de Medellín, donde realizó sus estudios de sacerdote.

Allá aprende a conocer a Plinio Mojica, oriundo de Veraguas. Al oír a su compañero de las necesidades de los campesinos de Veraguas y de los planes pastorales de la diócesis, se despertó en Héctor el interés misionero de incorporarse a estas labores. Héctor llega a Panamá en 1966 en calidad de diácono, para formar parte del equipo de Evangelización de San Francisco de la Montaña, designado al distrito de Santa Fe. Es aquí donde hace sus primeras prácticas pastorales, requisito necesario antes de dar el paso hacia la ordenación sacerdotal.

Monseñor McGrath le ordenó presbítero el 15 de julio de 1967 en Medellín. El 13 de agosto de este mismo año se estableció definitivamente en Panamá y celebró su primera misa en San Francisco de la Montaña. Poco después se le nombró primer párroco de la Iglesia "San Pedro Apóstol" de Santa Fe. A partir de esa fecha desarrolla su tarea de evangelización y promoción humana.

 

A LA LUZ DEL CONCILIO VATICANO II Y DE MEDELLÍN

La década de los sesenta eran años de profundos cambios en la Iglesia. El Concilio Vaticano II había abierto las ventanas de la Iglesia al mundo. Regresando a las fuentes de la primera Iglesia y del Evangelio, la Iglesia tomó conciencia de ser pueblo de Dios con la misión de ser sal y luz para el mundo, fermento del Reino. Decía el Concilio: "El gozo y la esperanza, la angustia y la tristeza de los hombres de nuestros días, sobre todo de los pobres y toda clase de afligidos, son también gozo y esperanza, tristeza y angustia de los discípulos de Cristo, y no hay nada verdaderamente humano que no tenga resonancia en su corazón." (Gaudium et Spes, # 1).

Poco después, la Iglesia de América Latina hizo suyas estas conclusiones del Concilio, concretando su aplicación para el Continente que vivía una situación de profundos desequilibrios económicos y sociales. La II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que se celebró en septiembre de 1968 en Medellín, Colombia, proclamó en su mensaje final: "Como cristianos, creemos que esta etapa histórica de América Latina está vinculada íntimamente a la Historia de la Salvación. A la luz de la fe hemos realizado un esfuerzo por descubrir el plan de Dios en los signos de nuestros tiempos. Interpretamos que las aspiraciones y clamores de América Latina son signos que revelan la orientación del plan divino operante en el amor redentor de Cristo que funda estas aspiraciones en la conciencia de una solidaridad fraterna. Nuestros pueblos aspiran a su liberación y a su crecimiento en humanidad a través de la incorporación y participación de todos en la misma gestión del proceso personalizador... Hemos de purificarnos en el espíritu del Evangelio todos los miembros e instituciones de la Iglesia. Debemos terminar la separación entre la fe y la vida. Debemos alentar una nueva evangelización para lograr una fe lúcida y comprometida."

Para lograr esta evangelización como fuente de vida para nuestros pueblos, algunas de las conclusiones pastorales expresaron: Despertar en los cristianos una viva conciencia de justicia, infundiendo un sentido dinámico de responsabilidad y solidaridad. Alentar y favorecer todos los esfuerzos del pueblo por crear y desarrollar sus propias organizaciones, por la reivindicación de sus derechos y por la búsqueda de una verdadera justicia. Hacer de la parroquia un conjunto pastoral vivificador y unificador de las comunidades de base. Así la parroquia ha de descentralizar su pastoral en cuanto a sitios, funciones y personas.

Inspirado en el mensaje y las orientaciones pastorales de Medellín, el padre Héctor se lanzó de lleno a su tarea pastoral de acompañar las comunidades campesinas de Santa Fe. Efectivamente, la vida de Héctor transcurre de comunidad en comunidad. Santa Fe es su centro de operaciones y a Santiago sólo baja cuando es verdaderamente necesario. Dedica su vida por entero a los campesinos.

LOS PRIMEROS PASOS

De enero a mayo de 1968 Héctor realizó una serie de visitas a todas las comunidades rurales del distrito de Santa Fe, terminando con un cursillo para los líderes de estas comunidades, una de las primeras acciones de Héctor fue efectivamente la formación de un equipo de animadores o responsables de las diferentes comunidades. Inicialmente eran unas treinta personas. Con ellas se reúne cada mes por día y medio. En estas reuniones hacen análisis de la realidad y la reflexionan a la luz del Evangelio, de esta manera se va creando una conciencia crítica y actitudes de cambio. Esta formación concluye con la celebración de una misa parroquial cada último domingo del mes donde participa un número importante de campesinos.

De manera regular y planificada, Héctor visita sistemáticamente las comunidades. La parroquia tiene una muía que es el vehículo ideal para esas laderas. Héctor sólo la usa cuando se siente enfermo, pues dice que es muy lenta y él necesita caminar deprisa. Jamás falta a una visita. En las comunidades Héctor se reúne con los campesinos en la casa comunal, construida por los propios campesinos del lugar. La reunión comienza con la discusión de los problemas que afectan a la comunidad o a algunos de sus miembros. Después se ilumina con la lectura comunitaria de la Biblia. Al final de la reunión celebra la misa en la cual la comunidad se reúne en torno a la mesa con el pan y el vino, y conjuntamente conmemoran lo que Jesús hizo, fortaleciendo sus promesas para luchar por una vida mejor.

DESPERTANDO LA FUERZA DE LA COMUNIDAD

Héctor capacita y aconseja a las comunidades para ayudarles a resolver sus problemas. Nunca adopta una posición paternalista, resolviendo él los problemas por la gente. No da soluciones. Cree en la capacidad de la propia comunidad para afrontar sus problemas. Sabe que faltará algún día, y ¿entonces?

Entre cada visita del sacerdote a las comunidades, la misma comunidad se reúne los domingos para la celebración donde reflexionan la Palabra de Dios comunitariamente. Para 1971 contaba con 34 comunidades en la parroquia participando activamente en las labores de evangelización.

Al final de cada mes, Héctor celebra en Santa Fe la misa para las diferentes comunidades a la cual asisten campesinos de todas partes. Muchas veces llegan a mil personas reunidas en la mañana de este domingo. En ese día los campesinos santafereños se unen en una sola fuerza de voluntad y devoción. Al terminar la misa, cada persona regresa a pie a su comunidad, llevando en su corazón una luz de esperanza alentadora al ver que no se encuentra solo en la lucha por un futuro mejor.

Una de las mayores dificultades para su trabajo era el ambiente individualista, y el sentido de conformismo y de pasividad. "El no querer dar pasos, comentó Héctor, el no querer romper con una cosa que llamamos orden y que en el fondo no es más que un desorden". Gracias a la labor pastoral y a la luz del Evangelio se creó en Santa Fe un ambiente de cambio. Decía Héctor en una entrevista pocos días antes de su desaparición: "Las personas se respetan mucho más. Hay más comunicación entre las personas, es un ambiente más humano, es un ambiente más optimista, en el sentido de que está más orientado a realizar esta fuerza nueva que se está descubriendo, que es la fuerza de la comunidad."

Héctor vio su labor en Santa Fe dentro de la visión amplia y abarcadura de una nueva sociedad, de que otro mundo es posible, la utopía del Reino. Por eso, los esfuerzos locales tienen que vincularse con otros movimientos a una escala más amplia, con otros grupos y sectores populares. "Santa Fe, realmente yo no puedo imaginármelo solo, un movimiento aislado no puede ir a ningún lado. Cuando hablamos de cambio, nos referimos al sistema. Es un sistema que abarca el mundo de hoy. De manera que un movimiento que permanezca aislado es un movimiento que está enfrentándose hacia algo imposible, algo demasiado grande para un movimiento local." De allí la insistencia de Héctor por construir redes a través de contactos con otros grupos y movimientos.

VIVIR EL CONFLICTO

Los conflictos no se hicieron esperar. Los conflictos no los creaba Héctor, sino que nacían de una clara situación de injusticia. En Santa Fe reinaba una marcada explotación de los campesinos por los patrones y terratenientes. Para las elecciones de mayo de 1968 los campesinos habían decidido no votar. Ante este hecho, único en la historia de Panamá, los caciques de Santa Fe declararon una guerra a los campesinos.

Otra causa de conflicto fue la cooperativa. Los campesinos viéndose desafiados y sin base económica en qué descansar, encontraron en la cooperativa la oportunidad para liberarse de esta opresión. La cooperativa fue un segundo choque con los caciques, pues rompía el control económico de la región. La división entre la clase popular campesina y la clase dirigente de Santa Fe comenzó a agudizarse y a hacerse cada día más fuerte.

El movimiento religioso y cooperativo encontró resistencia, precisamente por ser un movimiento de cambio. Lo acusaron de comunista, de cuadrado y de protestante, tratando de desautorizarlo ante el pueblo. Inicialmente intentaron de desmoralizar el movimiento. Cuando se dieron cuenta que esto no era posible, entonces las autoridades comenzaron a amenazar. Aún el mismo Gobierno presionó para que la cooperativa fuera una institución del gobierno. Cuando este intento tampoco detuvo la marcha de la cooperativa y del movimiento, entonces ya se dan acciones de violencia directa.

En una ocasión el padre Héctor estuvo detenido en el cuartel de Veraguas acusado de haber quemado la planta eléctrica que Alvaro Vernaza, gran terrateniente de la zona y primo hermano del general Ornar Torrijos, había dejado durante la campaña política. Después de horas de cautiverio es liberado por orden expresa del general Torrijos. Fue acusado de comunista, guerrillero y traficante de armas. En 1970 para la fiesta de San Pedro irrumpieron la casa donde estaba la imagen y la sacaron de allí, como una acción de manifestar su protesta o rabia contra el movimiento.

En enero de 1971 Héctor viaja por última vez a Colombia. Sus familiares no querían que regresara. Sin embargo, Héctor quiso ser fiel a su misión. Poco tiempo después de su regreso ocurre un nuevo enfrentamiento. Uno de los señores de Santa Fe había comprado un terreno y quería ahora sacar a una señora que tenía allí su casa. Ante esta injusticia la comunidad del Cerro cercó la propiedad de la señora Juana para defenderla. Durante una de estas confrontaciones un hijo de las familias apoderadas exclamó: "Al cura hay que matarlo". Al poco tiempo, el 23 de mayo, quemaron el rancho donde Héctor estaba durmiendo y casi muere calcinado. El 9 de junio es arrestado a medianoche por tres miembros de la Guardia Nacional. Desde entonces está desaparecido

Héctor está VIVO

Hablando de la desaparición del padre Héctor, monseñor Legarra, obispo de Santiago de Veraguas en aquel entonces, dio el siguiente testimonio: "No es nuevo lo que nos sucede. El profeta no puede morir en la cama. Jesús, el profeta por excelencia, fue llevado en la noche. También en la noche el padre Héctor fue arrancado de los suyos, de la casa de un campesino - porque tampoco tenía casa - con violencia y con engaño.

El padre Héctor fue un auténtico testigo del Evangelio por su paciencia en sufrimientos de toda clase. Frecuentemente era molestado, investigado. Vivió la escasez de comida y de libros, vivió la pobreza en el vestir, fue golpeado y encarcelado. ¿Por qué? Por defender la causa de los pobres, los campesinos de Santa Fe.

Sufrió la dura condición que ellos vivían: el trabajo de sol a sol con sólo un machete; el recorrer largas distancias sin camino; la incomodidad de las lluvias... Pasó muchas noches sin dormir y otras de hambre. Héctor vivió la autenticidad de una vida sacerdotal. Es decir, del hombre entregado a la comunidad. No se contentó con hablar, sino que puso en práctica lo que predicaba. Al padre Héctor lo llevaron porque no cabía en el marco de la injusticia y la marginalidad del campesino. Él quiso crear una conciencia liberadora, llevando el Evangelio a los más pobres de Panamá."


Por este compromiso con la comunidad campesina de Santa Fe, Héctor Gallego sigue siendo modelo e inspiración de lo que es la Pastoral Social como vivencia práctica del Evangelio en medio de una realidad social cargada de injusticias. Su trabajo de evangelización cuestionaba constantemente la explotación que sufría el campesinado y despertaba en él fuerzas de cambio. Después de casi cuatro décadas de su desaparición física la causa por la cual Héctor vivió y luchó, sigue vigente e inspira el caminar de las Comunidades Eclesiales de Base y de la Pastoral Social.

También hoy el Evangelio es esta fuerza viva de Cristo que nos motiva a soñar y trabajar por el Reino. Inspirada en el Evangelio, la Pastoral Social está comprometida con un Panamá y más aún, con un mundo, en el cual el propio pueblo marginado y explotado sea el principal gestor de una sociedad en donde se respeten los derechos fundamentales de cada ser humano.

 

RESUCITAR

Un golpe lo derribó

el campo se estremeció

de noche a Héctor Gallego

llevaron preso cual malhechor

y un pueblo quedó buscando

su huella frágil, no la encontró

y un pueblo quedó luchando

sin saber cómo Héctor murió.

Su crimen fue despertar

conciencia de libertad

en el alma campesina

y nueva vida allí sembrar,

pero eso está prohibido

a un sacerdote pobre y rural,

pero eso está prohibido

a quien no es grande ni autoridad.

La sangre de nuestro hermano

regó la tierra de primavera,

ya vienen los campesinos

con nueva fuerza por las veredas,

sus ojos son esperanza

de un orden nuevo que al fin vendrá.

Luchemos contra la muerte

que el mundo quiere resucitar,

luchemos contra la muerte que el mundo quiere resucitar,

resucitar, resucitar.

Fuente: Folleto "La Fuerza que se esta descubriendo es la Fuerza de la Comunidad" de Pastoral Social Arquidiocesana














 
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